A 18 años de aquellos primeros ensayos infantiles, la Taza Calva sigue sumando capítulos a una historia que empezó "cuando éramos muy chiquitos... nueve y once años", recuerda Nahuel Varela, entre risas. Hoy, convertidos en adultos pero fieles al espíritu lúdico del proyecto, suman discos, colaboraciones y experiencias que los siguen sorprendiendo.
Después de 'Jesús de sueños', 'La esencia de la vida', 'El baile del fin del mundo', 'Colorimetría' y un EP, llega "Vida de adulto", su nuevo single junto a Alan Sutton y Las Criaturitas de la Ansiedad. Una colaboración que, según Nahuel, fue mágica desde el minuto cero: "Tuvimos mucha química desde lo humano... compartir tiempo con alguien que vale la pena es hermoso". No solo grabaron la canción juntos: también compartieron rodaje, ideas y un vínculo que se volvió "más que musical".
La pregunta que da origen al single es simple pero incómoda: ¿vale la pena la vida adulta tal como nos la vendieron? Para Nahuel, la canción "no responde, pero pregunta si el precio de insertarnos en lo que se supone que debería ser la vida adulta no es un poco alto". Habla de la rutina, de los sueños postergados, del humor que se pierde en la vorágine del día a día. Y no duda: "Para mí, la batalla final no va a ser por dinero ni por agua... va a ser por tiempo".
Entre confesiones, admite lo que menos disfruta de ser adulto: "Caer en la visión productivista de todo". Pero tiene claro lo que quiere sostener: el disfrute, el arte y la posibilidad de seguir creando, ya sea música o, algún día, cine: "Si no hubiera sido músico, hubiera sido cineasta", dice, y asegura que ese deseo sigue latente.
Sobre la evolución musical, siente que "Vida de adulto" suena a La Taza, aunque siempre con algo nuevo: "Somos una banda pop que no se encadena a un solo género". Y sí: habrá más colaboraciones, más canciones y un camino que probablemente lleve a un nuevo disco.
Antes de despedirse, deja una invitación abierta: quieren tocar en Mendoza. "Escríbannos al Instagram si quieren que vayamos", pide, entre entusiasmos y promesas de futuro.
Porque crecer es obligatorio, pero dejar de jugar... jamás.